Revisando unos papeles encontr? unos documentos de anta?o que me evocaron muy bonitos recuerdos. Eran los relatos que recit? al participar en los cert?menes de oratoria, cuando estaba en el Liceo de Monterrey. ?Qu? tiempos aquellos! Te asignaban un tema acerca del cual hablar. Anteriormente me hab?a tocado hablar acerca de la tortuga, y de la iguana.
A mi mam? tampoco se le ocurr?a de qu? hablar, as? que optamos por ir con mi abuela, quien nos recomend? una historia de un libro llamado “Siempre Alegres Para Hacer Felices a los Dem?s”. El t?tulo del libro sonaba convincente.
“Dorm?a y so?aba que la vida no era sino alegr?a. Me despert? y vi que la vida no era sino servicio. Serv? y vi que el servicio era la alegr?a.” — Tagore
No vamos a hablar aqu? de la alegr?a externa, que es fisiol?gica y que la tenemos cuando cuando estamos sanos o algo nos sale bien. Esta alegr?a es pasajera y da como resultado la risa.
Vamos a hablar m?s bien sobre la verdadera alegr?a que es la espiritual. Nace cuando le damos un sentido a nuestra existencia. Tiene como resultado la sonrisa, la serenidad y la paz interior.
A veces podemos estar serios por fuera pero por dentro muy felices.
La verdadera alegr?a acompa?a a todos los que sirven a Dios y que se saben que son sus hijos muy queridos. De esta manera nunca nos sentiremos solos.
Como no estamos solos, no le tendremos miedo a la vida ni a la muerte, a la enfermedad o a los problemas, porque vemos en todo Su Voluntad.
Si luchamos por ser mejores cada d?a, si cuando tropezamos nos volvemos a levantar, entonces estaremos alegres.
La alegr?a se contagia, se comparte. Soy m?s feliz cuando pienso en los dem?s.
Les quiero contar algo que le? en el libro “Siempre alegres para hacer felices a a los dem?s” de Don Jes?s Urteaga. El relato se llama “Con mirada Limpia“. Trata sobre una ni?ita muy enferma que era muy alegre y que pensaba siempre en los dem?s.
Estamos en un hospital muy pobre, los enfermos tienen que compartir su cuarto con otros.
En la rec?mara, junto a la ventana, en una cama blanca se encuentra una ni?a enferma. Tiene una tos muy que la ahoga. A su lado, en la mesita, est? la campanita que agita cada vez que le vienen los ahogos. Entonces, r?pidamente, llegan las enfermeras a darle una medicina que le calma sus dolores de muerte.
En la cama de al lado acaban de poner a un pobre anciano que tiene las piernas paralizadas.
La ni?a parece un ?ngel y el viejo es un hombre enoj?n y desagradable.
Ella siempre quiere a los que la rodean y el es un anciano envidioso, lleno de rencores.
Acaba de llegar y ya odia a la ni?a por que ella est? junto a la ventana, se puede mover, asomarse y ver.
Cuando la ni?a quiere platicar con ?l, siempre se enoja y le contesta de mala manera. La ni?a no entiende el por qu? de tanto enojo, le ofrece su cama, pero el se enfurece a?n m?s.
Entonces la ni?a abre la ventana y le cuenta lo bonito que es todo: el jard?n con su gran fuente, las flores, el ?rbol gigantesco, las personas que pasan, el cielo azul y los p?jaros.
Pero el viejo no escucha nada. En la cara se le refleja lo que piensa: “No hay raz?n para que esta ni?a tonta me cuente todo lo que ven sus tontos ojos. Si consiguiera que se la llevaran de aqu?, que su cama quedara libre y me llevaran all?…”
La ni?a, muy animada, continua con todo lo que ve por la ventana. Le cuenta de las estrellas y la luna y al ver que el enfermo se qued? dormido, que era justamente lo que ella buscaba, cierra la ventana, reza y se acuesta abrazando a su mu?eca.
Son las dos de la madrugada, todo duerme en el hospital viejo y destartalado. Duerme el ?ngel pero no el anciano. Aqu? veremos hasta donde llegan la envidia y el odio del enfermo hacia aquella pobre ni?a.
Una vez m?s, le llega la desesperante tos que le carcome el pecho. La ni?a despierta y trata de coger la campanilla. Pero no la encuentra. En medio de sus ahogos busca desesperadamente la campanilla pero la mesita est? vac?a.
La ni?a mira a su compa?ero: la campanilla est? ah?, entre sus manos.
En medio de los ahogos, logra exclamar: “?Toca, toca, me ahogo!”. Pero el hombre, en su locura, aprieta fuertemente la campanilla para que no suene.
La mano del ?ngel est? ahora quieta, ca?da sobre la mesita. Hay un silencio impresionante, sin toses, sin ahogos, sin ruidos.
Es de ma?ana y se han llevado ya a la ni?ita. Acaban de poner al hombre justo donde ?l m?s deseaba: ?Junto a la ventana!
?Es el momento! El anciano, con gran esfuerzo, se logra sentar. En su cara hay una expresi?n de ansiedad. ?Por fin podr? distraerse viendo por la ventana!
La abre y esto es lo que vieron sus ojos con asombro, con rabia, con dolor: una pared y un tejado. ?Eso s?lo! Una gran pared y en lo alto una sucia azotea con tejas viejas, rojas, hechas de sangre.
El viejo est? destrozado y llora.
No puede olvidar la sonrisa de la ni?a cuando le hablaba de todo lo que el amor le hac?a ver por la ventana.
El hombre est? arrepentido, recuerda todo lo que le contaba sobre jardines y flores.
El quisiera pedirle perd?n ahora y que le siguiera contando cosas buenas, pero ya es muy tarde.
Cuando menos ha aprendido una extraordinaria lecci?n y cuando venga otro enfermo a la habitaci?n, le contar? todo lo que el amor le dicte desde la ventana.
Esto es lo que nos puede ense?ar la peque?a ni?a: tener la mirada limpia, servir a los dem?s aunque no nos correspondan, tratar de alegrar siempre la vida a los que nos rodean.
La historia, hizo llorar a mi madre… lo cual significaba que era material de primera para traer lo que menos esperaban en el tema de ‘la alegr?a’: la tristeza.
Ahora que la vuelvo a leer, hasta me dio un poco de miedo el ver qu? fuerte mensaje religioso le impart? al texto.